LA FÁBRICA DE MEMORIAS

LA FÁBRICA DE MEMORIAS

miércoles, 28 de abril de 2010

¿Bailamos?

Audire
Música: Marcin Świostek

La mesa del comedor se llena de cachivaches. Los pinceles, las acuarelas, el papel, las tijeras, el vaso de agua y el celo. Toman el espacio. Me los miro a todos, ellos me miran, como esperando. Unas primeras notas indican que tiene que empezar la danza. Las yemas de mis dedos acarician las formas del pincel, lo recorro y él, me recorre a mí, así nos vamos afianzando pausadamente. Los colores me observan, como esperando. Ahora sí, bailamos las primeras notas, torpemente. A ver... primero un paso, luego otro, hacia la izquierda, un poco más rápido… sí, por fin, el ritmo se introduce en la leve holgura que nos separa. Poco a poco nos vamos acogiendo. La música sigue sonando y mis cachivaches y yo nos esforzamos por adivinarnos, por intuir el siguiente movimiento. Mi mirada, mi mano, mi cuerpo se funde con las notas, las sigue, juega, un, dos, tres, cuatro.. cambio. Ahora sí, la cadencia ha logrado introducirse y jugamos durante unas horas. El tiempo pasa y desde el cansancio, las formas, las líneas y los colores se asoman y saludan. Yo río, saludando también. Nos despedimos suavemente, ¿nos veremos mañana? Es posible, nos llamamos.

sábado, 24 de abril de 2010

Las naranjas y sus mitades


Soy naranja entera, sí. Hace años... ahora ya, muchos, soñaba con ser media naranja. Porqué sí, estaba escrito, filmado, cantado que las personas somos sólo mitad, esperando anhelantes una parte que no estaba en nuestro interior. Un porción que nos complementa, que nos hace SER. Ser, en mayúsculas, o eso decían. Con lo complicado que es ser. La búsqueda ha sido ardua, a veces, desesperante, triste, vacía y, seguramente, sin sentido. Después de muchas cáscaras derramadas, esparcidas en el camino, descubrí que estuve demasiados años preocupada por ser mitad, sin pensar que cada uno de los gajos que me forma, es una pequeña mitad de muchas otras naranjas, mandarinas e, incluso, fresas. La multiplicidad invadió mi vida, multiplicándome a mí también hasta conseguir la esfera cítrica soñada. Soy naranja entera sí, pero no nace sólo de mí árbol, también estás tú.

jueves, 22 de abril de 2010

¿Plantamos?

Foto: Dave Saurí

Estoy en casa, sentada en tu ausencia. Hace algunos meses que la comodidad se ha adueñado de casa. Ando despeinada y en pijama, cruzando espacios anidados y miro como crece la planta. ¿Cuánto tiempo hace que está conmigo?. Piensa. Sí, desde el atardecer en que te perdiste en aquella bruma extraña. Casualidades. Llegó a casa por azar, en momento de fractura. Era un resto solitario, desprendido como sin querer, arrancada de la tierra que la nutría. Nuestras miradas se cruzaron y se sonrieron, se venía conmigo, estaba segura. La acogí entre mis manos, suavemente, dulcemente le hablé al oído para calmarla con ensalmos. Te sembraré, te curaré y crecerás conmigo. Desde entonces, cada día le dedico un leve roce, una sonrisa y una palabra, la más dulce que puedo darle. Ella me mira y crece. No necesito nada más, mirarla y sonreír a su lado.

domingo, 18 de abril de 2010

Vidas y ausencias


Durante meses me había acompañado en cada atardecer. Volver a casa significaba ver, por breves minutos, la pequeña planta amarilla. Crecía en un espacio absolutamente agreste, en la mediana que separa dos carriles de la carretera que entraba a mi ciudad. Surgida entremedio del cemento, en la grieta, con una vitalidad natural y la gracia de haberse situado en el semáforo que regula el tráfico. Se mantenía, orgullosa, erguida, enfrentada al asfalto y al monóxido de carbono. Me tenía absolutamente maravillada, la pequeña planta, el pequeño girasol. Un día, al buscar con mi mirada, el amarillo cadmio encontré el gris asfalto. Había desaparecido y quise conservar su color, sus formas, su mirada en mi, ya perdida.

El lienzo nacido de su ausencia ya no está conmigo, la magia del girasol adereza algún hogar que mi memoria ha borrado. Pero sí conservo su carácter luchador, de sobreviviente en medio de la nada. Desde entonces, siento una debilidad especial por los girasoles.

Hace ya algunos años, quizás más de diez, pinté un girasol. A veces, el mundo no se escapa.

martes, 13 de abril de 2010

En tokyo


Foto:Elvira Debeal

No recuerdo ni cuando ni donde empezó mi viaje, pero situada en medio del sueño, observo la estación, me detengo en cada detalle. Aunque parezca increíble estoy en Tokyo, ¿cómo no puedo recordar el inicio?. Sí, allá estoy, rodeada de personas que ni me miran y con dos compañeros de viaje. Sólo sé que tengo que tomar el tren, nos vamos. El tren inicia su camino. ¡Corre!, corre que lo pierdes. Es un instante, miro hacía abajo, está en marcha. Tendría que subir, dar un paso, bajar hasta el techo con la puerta abierta. En esa urgencia, tomo la decisión de dejarlo partir. Me quedo sola en la estación, entre los desconocidos que no me miran y con una dulce sensación que invade todos mis sentidos. Camino. Me voy de la terminal, mis pasos se dirigen a recorrer la ciudad que he decidido habitar por un lapso ilimitado. Una ciudad extraña donde nadie parece comprender mis palabras. No son necesarias. Miro y me miran, palpo, acaricio y utilizo el lenguaje de la piel. En el transcurso aprendo a escuchar el leve roce corpóreo que me acerca a ti. Unas horas de paseo más y el lenguaje aprendido revive en mi. Llevaba años enterrado en la caja del olvido. La voz, un poco temblorosa, onírica todavía, conversa en francés y despierta a tu lado. Ahora puedo continuar mi viaje y me llevas a tomar el próximo tren. No tengo que correr, no tengo que entrar por la ventana del techo, la puerta se abre y yo entro. Adiós.

viernes, 2 de abril de 2010

Pigmentos


Te encuentro en mitad de la noche sonriendo, apacible, por fin. Tu mirada me habla de sueños remotos, biografías aunadas, del intervalo parpadeante en que te conocí, de una escisión exacta, solicitada. Oscilo en mi cumbre, mecida entre luces. Alumbran nuevas topografías.

¿Cuál era tu nombre?

Asciendo dos medidas más. Los peldaños me llevan hasta el pigmento verde, emulsionado con aceite de linaza. Pinto con él toda la estancia. Curioseo entre pinceles, disolventes y envases buscando el rojo. Cuando lo encuentre caligrafiaré a Céfiro en mi puerta verde, bajaré de la cumbre, encenderé la luz y me acomodaré en tu instante.